Tintero infinito 18-08-20

Aromas y sabores en el tiempo

Por Cecilia Olivera

Desde pequeños probamos sabores nuevos, las primeras papillas, nuestra primera fruta; el dulzor de una torta hecha por mamá; la chocolatada de invierno compartida con amigos; la comida favorita que nos hacía la abuela; el olor de las tostadas recién hechas en la tostadora de lata que mamá ponía sobre la hornalla para desayunar antes de ir al cole; las pizzas un viernes a la noche con esa costrita de queso que le da crocantez; un rico café después de la cena con largas charlas confidenciales, casi diría cómplices. Cada uno de esos sabores y aromas que nos acompañan, nos dejan un recuerdo en la memoria y, alertan los sentidos cuando sin querer, volvemos a toparnos con ellos, despertando nuestra sensibilidad.

Pero también provocan esa misma sensación, otros olores, fragancias, aromas. De niña me encantaba sentir el olor de la tierra mojada, ese que me hacía sentir viva, cuando las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer sobre la tierra, dibujando pequeños puntos que pronto se transformaban en uno solo, jugando con sus colores y texturas, dando origen al tan deseado barro, que usábamos con mis hermanos para modelar ladrillitos y construir castillos, y esos charcos enormes donde no parábamos de saltar y chapotear.

La fragancia que trae consigo la brisa de mar en época de verano, te recuerda que estás libre de obligaciones y compromisos, esa libertad que sentíamos de niños, sin idas y venidas, ni corridas, ni poco tiempo. Esa fragancia te invita al descanso, a compartir sin temores ni restricciones los placeres de la vida.

A quién no le recuerda a nuestra época escolar, por ejemplo el inconfundible olorcito de lo útiles escolares nuevos. Cuando llega ese momento del año, retrocedo en el tiempo, y desde mi camita, veo colgado, mi guardapolvo blanco recién planchado, con el portafolio listo, cargado de útiles nuevos y de esperanzas e ilusiones. Aquellos serían herramientas indispensables para los nuevos aprendizajes. La noche anterior al inicio de clases, me invadía el insomnio pensando qué seño tendría, qué compañeros estarían, en qué aula estaríamos. Un lápiz, una goma, un cuaderno, plasticola, tijerita, papel glasé y los libros, serían los protagonistas del escenario escolar. Aún hoy revivo esa emoción al entrar a la escuela de mi hija su primer día de clases.

Algunas cremas, en particular, con fragancia a rosas, me transportan a la casa de mi abuela Rosa, sentada en su silla favorita, con colchas coloridas tejidas por ella misma. Una habitación modesta, con una ventana por donde entraban los cálidos rayos de luz, que daban una impronta de serenidad y armonía. Ella, aunque de escasos recursos, no dejaba de lado sus encantos femeninos, y tomando su crema, se la colocaba en sus manos muy lentamente. Esas manos que olían a rosas recién cortadas, como si fuera una prolongación del rosedal de su jardín. Esas manos cargadas de historias, de surquitos, de líneas y alguna que otra mancha, eran las mismas que repartían caricias sin medidas a sus nietos.

Y cuando por allí, paseando por algún rincón de este planeta, me arrebata el perfume del clásico “Mujercitas”, me subo al colectivo de la línea 740 rumbo a Los Polvorines, con mis dos colitas, flequillito artesanal, hecho en casa, y la mejor ropita que mi mamá me podía poner, para ir juntas por ese regalo para el Día del Niño. Sí, un frasquito chiquito, con esa cajita particular que me dejaba perpleja de emoción, por el sólo hecho de saber que ese perfume era para mí. Volvía de ese viaje, allí sentada, moviendo mi piernitas de alegría al compás de los pozos que pasaba el colectivo; pero restándole importancia el traqueteo del viaje, porque eso era un detalle menor, mi sonrisa era la más grande que se puedan imaginar.

Y a quién no le agrada el olor inconfundible de la albahaca, que quizás rememora el pestito que preparaba algún ser querido, o amigos de la familia, o una abuela, o mamá o una tía, para los fideos caseros que hacían de excusa perfecta para una reunión dominical. Particularmente, me posiciona frente a esa huertita que teníamos en casa. De niños mi madre nos enseñó a querer a la tierra, y que si la tratábamos con amor, y la trabajábamos en equipo, daría frutos.
Así, casi como un ritual, comenzábamos los tres hermanos mayores, de la mano de nuestra capitana, a preparar la tierra con nuestras manitas ansiosas de ver los prontos resultados. Abono, semillas, plantines, pronto darían como resultado la huerta por donde, al primer descuido de mamá, nos escabullíamos entre los maizales y plantas de tomate, algunas arvejas, zapallitos verdes, zanahorias y la tan rica albahaca. Esos aromas tan ricos, invitaban a comer algún que otro choclo o tomate recién cortados de las plantas.

Y me animaría a decir que me falta nombrar tantos sabores y aromas, que en cada uno de nosotros, seguramente guardan una galería de recuerdos, que nos transportan en el tiempo, tiempos de añoranzas, alegrías, emociones, risas y llantos.

De repente, es justo ahí, en ese preciso instante, donde nuestros sentidos, y nuestro corazón se paralizan para entrar en un estado de revolución emocional. Y es que nos damos cuenta, que esos momentos mágicos, únicos e inigualables, fueron un regalo en nuestras vidas que nos dejaron una huella en el alma.

Publicado por ushuaiaandaleyendo

“Asociación Civil Ushuaia anda Leyendo: para el fomento del libro y la lectura en la comunidad” N°1565

2 comentarios sobre “Tintero infinito 18-08-20

  1. Remomorastes en mi aquellos años de tu niñez y la de tus hermanos , plasmaste tal cual esos episodios de la pequeña huerta que comensabamos a preparar en agosto esos pequeños almacigos , el jugar en la lluvia o hacer tortitas de barro , los recuerdos de la abuela Rosa ,una mujer humilde pero muy savia ¡¡gracias hija por habrir el baul de tan lindos recuerdos !!!

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