En la Biblioteca Popular Anahí Lazzaroni (Independencia 1125) se llevó adelante la primera edición de Cueva de invierno, un taller de escritura creativa gratuito coordinado por el joven escritor fueguino Joaquín Rizzuti, con el apoyo de Ushuaia Anda Leyendo. Fueron cuatro encuentros —sábado 20/06, domingo 28/06, sábado 04/07 y sábado 11/07, de 16 a 17:30 hs— con 21 participantes inscriptos que se juntaron a escribir, leer y poner en común lo propio.
La propuesta partió de una necesidad: En Ushuaia se cuentan con los dedos de una mano -o de media mano- los talleres presenciales de escritura de manera continuada y gratuita, tampoco existe un circuito de escritores que funcione como comunidad conjunta. Cueva de invierno se pensó como un espacio semillero para empezar a tejer esa red y hace un pequeño aporte en el camino de consolidar un entramado cultural fueguino cohesivo con iniciativa de comunidad.
Qué se trabajó
El taller recorrió cuatro módulos. El primero, de desbloqueo creativo, alrededor de la escritura automática y de vencer la hoja en blanco. El segundo, atención al detalle: la diferencia entre el qué y el cómo, mostrar en lugar de contar. El tercero, poesía: la economía del lenguaje y el trabajo de rodear una idea sin nombrarla. El cuarto, narrativa: el cuento breve, la corrección y el oficio.
Las lecturas funcionaron como disparadores para escribir. Se pasó por Cortázar, Levrero, Nabokov, Quevedo, Baudelaire, Borges y Pizarnik, entre otros, y también por voces fueguinas como Anahí Lazzaroni y Mochi Leite.
Lo que dejó
En los talleres se abordan numerosas ideas y contenidos, amén de ejercicios que desafían nuestros propios límites, pero la memoria emocional guarda solo un par de elementos que son el hilo conductor de nuestra forma de narrar lo acontecido. Estas son las sensaciones y aprendizajes que nos aportan diferentes participantes sobre la experiencia:
«Quedé con la sensación de querer escribir más después de cada encuentro.»
(Jas)
«Logré lo que buscaba, que era volver a escribir.» (Richard)
«Entender la escritura desde otra forma, donde no todo lo que se crea tiene que
ser perfecto.» (Ernestina)
«Los relatos pueden surgir desde cosas mínimas o diarias» (Anónimo)
Los textos curados – Intervención de Federico Marcel.
Como cierre de esta primera camada, compartimos una selección de textos producidos por los participantes. La curaduría estuvo a cargo de Federico Marcel, dueño de la librería «De Jardines Ajenos». Editor, librero y docente de la ciudad de Ushuaia.
Siete textos, siete voces, siete experimentos narrativos y poéticos salidos de una serie de encuentros. Siete escritores fueguinos trabajando la palabra.
Acá algunas impresiones «Cello» tiene sabor a Lorca; «Ella se viste de blanco» tiene imágenes potentes y una música particular; «Ojos claros» es una breve historia de amor; en «La marca permanente del vacío» el fraseo suelto recuerda a la letra de una canción; «El corazón cansado» susurra un nihilismo breve y poderoso; «Recuerdo» es un microrrelato de terror que te agarra desprevenido; «Pedazo de tierra» es una reflexión honda sobre la pérdida, la guerra y la memoria. Sean bienvenidas estas voces: el sur siempre está sediento de relatos y música. Esperamos más.
Sean bienvenidas estas voces, el sur siempre está sediento de relatos y música, esperamos más.
Cello – Richard Ramos
Dale barro al barro
Pero con un pincel dale en la mano
Y tendrás el astro en Barcelona.
Y tendrás Madrid, Barcelona y una cuna
En la hendidura de la almohada
Dale cuerda a la tripa
Y tendrás el Sol del alma
Que es en tanto estrella y cuerda
Frotan amantes en los hoyos de las corcheas
Dale mar a este poema
Dale, dale, dale y dale…
Dama de blanco – Ernestina Gorza
Ella se viste de blanco
te espera de blanco
En la fría nieve de invierno
te abraza y te arrastra
Sé que anhelás verla llegar
cuál novio en el altar
Velo interminable que cubre su mirada
Blanco con atisbos
de crueldad y duelo eterno
La envidio por tenerte
pero yo visto de negro
de rojo carmesí
y a veces de amarillo
No la vi llegar
pero la vi partirte
Dama que viste de blanco
arrasa de blanco
Carga una damajuana que rebalsa
de lamentos del pasado
lamentos del presente
y lamentos del futuro
Los derrama por las calles
siempre anda sin cuidado
Y a veces en las noches
aún persigo sus vestigios
Pero ella se hace polvo
se escabulle en tu torrente
y desde tu débil corazón
escupe restos de mi amor
Ojos claros – Jennifer Grau
Caí en la cuenta de lo frágil que es la existencia
humana, de lo fácil que se quiebra mientras los
últimos rayos de sol iluminan tu rostro.
Hoy tuvimos una conversación breve. Es difícil
morir en el momento adecuado.
Toda una vida pensando en las mismas cosas:
distinguir lo que sucedió de lo que pudo haber
sucedido.
Sonreís ante mis planteos.
Qué hermoso cuando el sol alumbra esos ojos
celestes cielo, aunque nunca te gustó estar bajo
el sol. Tu piel pálida enmarca ese rostro casi sin
arrugas.
¿La memoria de quién sigue intacta? La tuya,
siempre impecable. La mía, con pánico a olvidar.
El cielo y el infierno están acá, en la tierra.
Vos decías que te encontrabas en el purgatorio.
Acaricio tu mano. No puedo soltarte.
La marca permanente del vacío – Luana Quinan
Mientras más despierto estás, más solo
estás.
Los hijos de los inconscientes
crean infierno en el presente de los conscientes.
Mientras los ojos silencian las mentes brillantes.
Mis pensamientos encerrados entre dos labios sellados.
La fábrica de los Conejillos de indias comenzó.
Perdidos en un abismo de experimentos.
Tu tiempo desaparece, a cambio de dopamina esporádica.
la montaña rusa parece una frecuencia alta cada vez más afilada.
la sabiduría que te salva
finalmente se aleja.
solamente espero que tus ojos despierten antes de que la luz al final del túnel se apague.
La marca permanente del vacío – Luana Quinan
Mientras más despierto estás, más solo
estás.
Los hijos de los inconscientes
crean infierno en el presente de los conscientes.
Mientras los ojos silencian las mentes brillantes.
Mis pensamientos encerrados entre dos labios sellados.
La fábrica de los Conejillos de indias comenzó.
Perdidos en un abismo de experimentos.
Tu tiempo desaparece, a cambio de dopamina esporádica.
la montaña rusa parece una frecuencia alta cada vez más afilada.
la sabiduría que te salva
finalmente se aleja.
solamente espero que tus ojos despierten antes de que la luz al final del túnel se apague.
El corazón cansado – Maximo Cabrera
Y debo decir deliberadamente que mi corazón se ha cansado. Que mis acciones sean ahora mi forma de dar afecto, porque mis palabras se silenciaron. Porque cargo con el castigo de ser demasiado consciente. Más allá de esta vida efímera, solo hay vacío. No existe un propósito divino. Solo somos nosotros sobreviviendo en la cotidianidad y buscando dar algún sentido a nuestra existencia.
Recuerdo – Esteban Proz
La caja reflejaba la luz del día y se movía de un lado para otro. En un inicio pensaba que era algo normal ya que la ruta hacia Tolhuin serpenteaba una cordillera y la camioneta como mi auto respondían a las leyes de la física con su punto de equilibrio. Al menos así lo entendí en las clases del 3er año del secundario, dónde tenía asistencia perfecta y no me dormía ni por un segundo, las materias lógicas me interesaban. No tanto así las blandas o religiosas.
Al costado del camino sobre la nieve se veían gran cantidad de tordos, esas aves negras que eran mucho más simpáticas que los cuervos, andaban en grupos numerosos y eran menos agresivas. Ese lugar lo ocupaban los chimangos, aves pendencieras que se disputaban cualquier comida que descubrieran con sus gritos lastimeros infernales. A medida que me acercaba a la camioneta se veían plumas que salían de la caja, algunas eran negras, blancas y redondeadas como plumones. El olor que se percibía era hediondo como mezcla de excremento y transpiración intensa, la de un cuerpo luego de un combate en guerra.
Como no quería recibir las plumas sobre el parabrisas y sentir ese olor pestilente que ingresaba por las tuberías del auto decidí sobrepasarla. La caja que brillaba de lejos viéndola de cerca era metálica decorada con maderas que estaban en mal estado. Tenía dos ventanitas por donde se podía ver el interior. Como era una cuesta en subida, bajé la velocidad para ver qué llevaba. De golpe mi corazón se aceleró más, tal vez por la curiosidad. En ese momento se me vinieron a la cabeza unas palabras del profe del 2do año de religión que nos contaba sobre cosas que no pueden ser explicadas por la religión y menos aún por la lógica y la razón, pero que podemos intuir el mal, sentir el amor y el miedo a nuestro alrededor. Nunca les había prestado atención a sus palabras, tan sólo me parecían ridículas y recuerdo que nos reímos para hacerlo sentir incómodo. A medida que avanzaba, sobre la caja había unos chimangos gritando y comiendo partes de algo que se movía adentro, eran dos caballos negros que se golpeaban y escupían sangre. Una imagen para olvidar aunque no la de ellos sino la del mismo profe que iba manejando con los ojos perdidos y que por un instante me miró detenidamente.
Pedazo de tierra – Jasmila Rodríguez
Al pisarla, el cuerpo recuerda antes que la memoria.
Siente una vibración, una sensación agónica.
Apostaba a hacerlo para cerrar la herida, aunque estar pisando esa tierra la abría con cada paso que daba.
Como si fuera una película, el hecho pasa ante sus ojos, vivo y crudo. En este momento le resulta imposible distinguir el recuerdo de la realidad, al fin y al cabo estaba allí.
Sigue caminando, se inclina y sus manos tocan aquella tierra, su herencia, su dolor, su pérdida.
Puede sentir el desolador ruido cuando en aquellos días dejó morir a un amigo por no poder dominar el miedo. Es lo primero que recuerda. Cierra los ojos, la muerte sigue allí. La oye.
La huele. La ve.
En aquellos días el hambre no lo dejaba pensar, el frío lo paralizaba, imaginaba las mil maneras en que podía morir, no solo luchando por aquel pedazo de tierra, sino también por su pueblo, por su honor. Porque todavía existía un quizás. Y esa era la esperanza.
Recuerda una y otra vez. Los ojos se le nublan y la sal cae por sus mejillas como lluvia.
Sabe que no quiere estar allí, pero se lo debe a sí mismo y a quienes todavía lo atormentan, a quienes nunca pudo despedir.
Vuelve a esos momentos, la sangre sobre los cuerpos. Tantos cuerpos. De amigos. De enemigos.
La culpa la lleva en su piel, marcada, imborrable.
La rabia de haber partido convencido de defender la patria y descubrir, demasiado tarde, que quienes lo enviaron también podían olvidarlo, solo era un número más, un simple soldado.
Cada asunto mínimo en su vida lo llevaba a recordar, a vivir, a trasladarse, pero estar en ese pedazo de tierra era distinto, era verse desde otro ángulo, ver la tierra destrozada, los aviones, los uniformes, el miedo en el rostro de sus compañeros. Recordar el temblor de la primera vez que sostuvo un arma. El instante en que quedó paralizado después del estruendo, comprendió, por primera vez, que el hombre frente a él no era un enemigo, sino alguien que también tenía un hogar al que debía regresar.
Cierra los ojos. No lo soporta.
Ya no está inclinado. Está arrodillado. Solloza.
Tiembla. Se deja caer.
Su esposa lo observa desde la distancia como si comprendiera, pero sabe que jamás podrá llegar hasta ese lugar donde él sigue viviendo. Lo cree un héroe, intachable ser humano, digno. Él, en cambio, se ve y no se reconoce, el muchacho que fue y el que terminó siendo recorren una distancia enorme. La crueldad con la que dio y que le dieron, lo que hizo y lo que no, se cuestiona qué fue lo que valió en aquellos días.
La ilusión se desvaneció en las primeras horas.
La realidad estalló como una granada ensordecedora.
Supo que iban a morir, que no había otro final, aceptando su destino, continuó igual.
Había regresado con cautela. Su mujer intenta animarlo, pero no hay manera. Ni siquiera el amor desmesurado e incondicional de haberlo esperado setenta y cuatro días puede aliviarlo, tal vez nunca nada pueda hacerlo.
Él sobrevivió, pero camina vacío y roto entre la gente.
Camina triste y atormentado.
Camina asustado y desbordado.
Camina con la muerte entre sus manos.
Cuando le preguntan el porqué, abre la boca, pero las palabras nunca alcanzan. Entonces calla. Como si el silencio fuera el único idioma capaz de hablar de la guerra.
Cueva de invierno es un taller de escritura creativa gratuito que se realiza en la Biblioteca
Popular Anahí Lazzaroni con el apoyo de Ushuaia Anda Leyendo. Estuvo a cargo de
Joaquín Rizzuti, autor del poemario “Romper y construir” y del ensayo “El conflictivo
concepto de la fueguinidad y su construcción artística”.
Más información: @Joacorizz.tdf · @ushuaiaandaleyendo · @biblioteca.lazzaroni
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